Los pasos saltarines de Luli apuntan con su dedo hacia el sector de juegos al otro lado de la plaza. Sus padres caminan a los flancos, como formando barreras que intentan protegerla de aquellos ruidos y explosiones que la asustaban, producidos por las motos a toda velocidad. Luego de ese cruce de manos apretadas y pasos que dejaron de ser saltarines para volverse «voladores», al fin Luli estaba en la plaza. Al entrar en el sendero principal, su mundo empieza a poblarse de figuras que su lógica de seis años…
