Cuando la lluvia no es el único problema

Las intensas precipitaciones registradas en las últimas horas provocaron desbordes de cunetas, calles anegadas y el ingreso de agua a viviendas en localidades como Sauce, Toledo, Pando, Joaquín Suárez, Totoral de Sauce, Las Piedras, entre otras.

Los acumulados de lluvia rondaron los 50 milímetros, un registro importante, pero que no puede considerarse excepcional dentro de la climatología del país. Esto lleva a una pregunta inevitable: ¿por qué una lluvia de esa magnitud terminó generando tantos desbordes?

Las inundaciones urbanas no dependen únicamente de la intensidad de la lluvia, sino también del estado de la infraestructura encargada de evacuarla. La respuesta no depende únicamente de cuánta agua cae en un determinado lapso, sino también de la capacidad del sistema de drenaje para evacuarla. Las cunetas, alcantarillas y bocas de tormenta tienen como función conducir un determinado caudal de agua, pero cuando se encuentran parcialmente obstruidas por sedimentos, vegetación o residuos, esa capacidad disminuye.

Explicado de forma simple: una cuneta o alcantarilla tapada deja pasar menos agua. Si el volumen de lluvia supera esa capacidad reducida, el agua se acumula, rebalsa y termina inundando calles y viviendas. En ingeniería hidráulica esto se conoce como una pérdida de capacidad hidráulica del sistema de drenaje.

A esto se suma otro factor: cada vez existen más superficies impermeables, como calles pavimentadas y construcciones, que reducen la infiltración del agua en el suelo y hacen que llegue más rápidamente a las cunetas.

Las lluvias intensas seguirán ocurriendo. Por eso, además de atender la emergencia, el mantenimiento periódico del sistema pluvial resulta fundamental. Un sistema limpio y correctamente conservado no evita la lluvia, pero sí aumenta significativamente su capacidad de evacuación y reduce el riesgo de desbordes e inundaciones.

Por otro lado, es notoriamente visible en nuestras localidades y cada vez con más frecuencia la aparición de bolsas de residuos u objetos abandonados en la calle, cunetas o terrenos baldíos.

Un claro ejemplo es la rápida saturación de las volquetas y casambas. Esto parece indicar que la cantidad de residuos generados supera, al menos en determinados momentos, la capacidad inmediata de recepción del sistema.

Si las volquetas y casambas permanecen ausentes durante varias semanas hasta su siguiente rotación, surge una interrogante razonable: ¿qué destino tienen los residuos que continúan generándose diariamente durante ese período?

Durante ese tiempo los residuos continúan produciéndose. Si la capacidad disponible resulta insuficiente para recibirlos, aumenta el riesgo de que parte de ellos termine siendo depositada en lugares no previstos para ese fin, como espacios públicos, terrenos baldíos o incluso cunetas, con las consecuencias ambientales y sobre el sistema de drenaje que ello puede generar.

Aunque se trata de servicios diferentes, el drenaje pluvial y la gestión de residuos comparten un mismo desafío: cuando la demanda supera la capacidad del sistema, las consecuencias terminan siendo visibles para toda la comunidad.

Sobre la lluvia poco podemos hacer. Sobre el mantenimiento del sistema de drenaje y la gestión de los residuos, en cambio, sí existen decisiones de planificación que pueden reducir significativamente el impacto de futuros eventos.

 

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